Pintoresca Historia de Época Universitaria

Aquella noche siento un golpe que ocasiona un dolor que nunca había sentido, mis entrañas se estremecen sin parar, un choque que me deja sin aire, todo es confuso, no entiendo que está sucediendo, la cabeza me da vueltas, siento ganas de vomitar, trato de buscar una explicación acerca de lo que está sucediendo, pero no obtengo respuesta alguna.

Como de un nocaut se tratara, quedo inconsciente, una vez que despierto, siento algo distinto, algo cambio, pero no sé que ha cambiado.

Recurro a mi confidente, aquel amigo que siempre ha estado conmigo durante años, le pregunto que ha sucedido, él no sabe brindarme una explicación, ya que tampoco entiende qué ha sucedido, simplemente trata de darme un consuelo —lo siento— dice, aún sigo sin entender.

Al pasar los días trato de buscar respuestas acerca de que sucedió esa noche, pero estoy en un callejón sin salida, no entiendo nada.

Hasta que un día, como una especie de rayo que cae sobre mí de manera espontánea, obtengo la respuesta que buscaba y comprendo lo que ha sucedido: se ha marchado…

No se puede evitar lo inevitable

Guardas una especie de silencio absoluto, como si estuvieras de luto, quizás tratando de asimilar aquel adiós, solo quieres canalizar tus sentimientos y emociones.

Así mismo, eres consiente de que algo ha cambiado, una luz dentro de ti se ha apagado.

Y sin darte cuenta empiezas a recorrer un camino totalmente diferente al que venías recorriendo, no te importa porque al parecer te sientes bien así, crees que es inevitable negarse al nuevo paraje que te da la bienvenida.

Las inevitables secuelas de una experiencia vivida empiezan a surgir, la frustración inicia acompañada de amargura, tristeza, rencor, desconfianza, orgullo con soberbia y nostalgia, una armadura ha sido creada —está bien así— piensas.

Al pasar los años, conoces nuevas personas, de hecho maravillosas personas, pero sientes una inevitable desconfianza, huyes inconscientemente de algo que te haga sentir comprometido, ya no entiendes de emociones y sentimientos.

Empiezas a ser consiente de que te has vuelto una persona que solo piensa en sí misma, alguien individualista que vela solo acerca de su bienestar propio y que a su vez en su mente reafirma —está bien así— sin parar.

Recordando aquel momento en la Universidad

Te equivocas, no eres la persona que crees ser

A pesar de fracasar reiteradamente en las relaciones que intentaste tener, sientes confianza en ti mismo, además de orgullo por tomar decisiones que han llevado a cumplir cosas que aspiraste en algún punto, así que tienes control de tu vida, pero no tenías ni idea lo que el destino estaba preparando para ti.

Época universitaria, todo es posible siendo universitario, conoces nuevas personas, el entusiasmo por estudiar aquella carrera profesional que siempre quisiste te emociona, además la increíble libertad que sientes en comparación a la del colegio genera una especie de sugestión incesante.

Pasan los primeros años y te das cuenta de que en realidad la carrera que quisiste no era lo que esperabas, te decepcionas, pero continuas para no perder el tiempo que llevas o al menos es lo que piensa la mayoría.

Tienes buenas experiencias, conoces personas fenomenales, nuevamente fracasas al intentar tener una relación de pareja, pero no te quejas, al parecer aún sigues sin comprender las emociones o sentimientos y sigues huyendo cuando empiezas a sentirte comprometido.

Hasta que llega aquel día, piensas que será uno más de rutina, salir de clases, llamar a tu amigo para ir al comedor universitario y luego iras al trabajo, pero ese día sería diferente.

Aquel día

Hay fila para ingresar a comer, espero pacientemente mientras charlo un poco con un amigo y luego de ingresar, ambos nos percatamos de que no podremos sentarnos juntos, hay demasiadas personas, así que decidimos que es mejor que cada uno busque un lugar para comer y luego nos encontraríamos afuera.

Observe al mi alrededor en busca de algún sitio libre hasta que logre ver uno, camine hacia allí apresuradamente antes de que alguien más lo ocupara y pude sentarme en ese sitio.

Al momento de empezar a comer me percato de que no había traído algún cubierto para comer, ya que no recordaba que últimamente habían estado hurtando los que disponían para los estudiantes, así que la nueva normativa era que cada uno trajera sus utensilios.

Sin pensarlo demasiado saque mi carnet universitario, sería algo rudimentario para comer, pero —serviría— pensé en ese momento.

Al momento de empezar a comer con el carnet, alguien me detiene, al levantar mi mirada, lo primero que noto es una sonrisa que emana algo extraño que no puedo descifrar, luego observó bien su cara y comprendo que emite aquella sonrisa —¡ah!, es amabilidad— reflexiono en ese instante.

Nuestras miradas se topan fijamente, el tiempo parecía detenerse mientras seguíamos mirándonos, siento algo raro, mi cuerpo no reacciona, la miro inmóvil a los ojos, hasta que ella dice —tengo esta cuchara, tómala—, al escuchar eso, mi reacción fue rechazar totalmente aquel gesto, pero ella insiste cortésmente y termino aceptado la cuchara para comer.

Una especie de calor tenue empieza a recorrer mi cuerpo mientras la miro de reojo, noto una especie de presión en mi pecho, mi corazón late un poco más rápido como resultado de lo que está sucediendo, no comprendo que está pasándome, sin embargo, también había algo familiar en aquella sensación.

Al terminar de comer, fui deprisa a lavar la cuchara y al momento de devolvérsela, sentí que debía devolver el gesto, así que le di la fruta que dieron con el almuerzo, ella automáticamente rechaza mi gesto como si fuera una copia de mi reacción al ofrecerme su utensilio al principio, sigo insistiendo y ella termina aceptando.

Nuevamente, nuestras miradas quedan atrapadas por unos cuantos segundos en una especie de dimensión donde solo estábamos ella y yo, luego me despedí y agradecí por aquella amabilidad.

Al levantarme y empezar a buscar la salida, sentía algo sumamente extraño recorriendo mi cuerpo, giro mi cabeza y observo aquella amable chica —¿de dónde salió?— pienso.

Cuando me encuentro con mi mejor amigo le comento lo que acaba de suceder como un niño emocionado por una nueva experiencia que acaba de vivir.

—¡Vi a la mujer de mi vida!— exclamé señalando hacia donde se encontraba ella, él un poco desconcertado al escuchar eso, intenta mirar hacia adentro, puede verla un poco, le hablo acerca de lo que acaba de suceder y lo único que está en mi mente es que tengo que volver a la misma hora el día de mañana y debo hablarle.

Esa tarde mis pensamientos solo divagaban en esa amable sonrisa acompañada de la electrizante mirada que tuvimos por unos escasos segundos.

Intento descifrar que era esa extraña sensación que se sentía familiar como si en algún punto la hubiera vivido, al final lo entiendo, —son emociones que recorren mi cuerpo, aún está allí adentro— termino reflexionando.

Así que no soy quien creo ser al parecer…

Lo inesperado

Efectivamente, estuve al otro día, a la misma hora en el comedor universitario, acompañado de mi mejor amigo, estuvimos expectantes por si la veíamos, sin embargo, no coincidí con ella ese día, ni el siguiente, ni el día después de ese ni el siguiente de ese.

No tenía ninguna pista acerca de cuál carrera estudiaba, ya que la universidad era inmensa y adivinar en cuál área académica se encontraba era imposible, solo podía esperar volverla a ver en el mismo lugar.

Al final pasaron aproximadamente dos meses desde aquel día, ya me había dado por vencido, no la volvería a ver, solo fue algo de esas cosas efímeras y fugaces que te deja marcado, así que esa era la realidad.

Sin embargo, un día, cuando menos lo espere, iba saliendo de comer y ya había encendido la motocicleta para irme, solo esperaba que mi amigo se montara para irnos hasta que escucho —Allá va ella, regresa y háblale, es tu oportunidad— dice él, señalando la dirección.

Al escucharlo decir eso, siento nuevamente una presión instantánea en el pecho, mi corazón empieza latir más rápido, siento una especie de nervios y le digo que no importa que ya nos vamos, además estaba justo de tiempo para irme al trabajo, él se voltea y me mira indicando —es ahora o nunca—.

Así que bajo de la motocicleta, doy unos pasos rápidamente hacia donde se encuentra ella, siento aún más nervios, volteo a ver a mi amigo y lo miro, da señas de que vaya, así que reúno el valor y retomo los pasos hacia ella.

Al momento de estar lo suficientemente cerca, toco sutilmente parte de su hombro derecho, cuando voltea su cara, inevitablemente nuestras miradas quedan atrapadas en algo electrizante nuevamente, pude notar su expresión de sorpresa.

La presión del pecho se hace más fuerte, sentía como aumentaban los nervios, aquel chico seguro de sí mismo desapareció totalmente en ese instante.

Si no te saludaba el día de hoy para conocerte, creo que jamás podre tener otra oportunidad, ya que nunca te volví a ver desde aquella vez— le mencione nerviosamente y mirándola fijamente a los ojos.

Ella no decía nada, solía sonreía, así que dije —mi nombre es David, ¿cómo te llamas?—, ella menciona su nombre y sin dudar saque mi teléfono móvil y se lo pase —¿podemos intercambiar números?, sé que es un poco raro esto, pero es que estoy seguro de que luego será difícil volver a verte— le mencione.

Ella mira el celular y tiene una expresión de no saber qué hacer, alza la mirada y me mira a los ojos por unos instantes como si buscara el motivo para darme su número, luego veo que lo apunta y guarda su contacto en mi teléfono móvil.

Termino agradeciéndole y pidiendo disculpas si le ocasione alguna incomodidad.

A pesar de que casi no mencionó ninguna palabra más allá de su nombre, estaba sumamente feliz de haber escuchado su voz y de poder verla de nuevo, con eso me bastaba.

Al llegar de nuevo al lugar donde se encontraba mi amigo, él nota mi expresión de felicidad y automáticamente compartimos juntos la alegría que sentía.

Posteriormente, no sabía que podía escribirle o qué hacer —y si es muy rápido para escribirle y podría parecer desesperado, mejor espero un poco más— pensaba en ese momento.

Hasta que me llene de valor nuevamente y escribí un simple mensaje saludándola, luego quede en modo espera, aguardando su respuesta, al cabo de unos minutos que parecieron horas, se emite el sonido de una notificación y aparecía su nombre en pantalla.

Y de esta manera, aquella chica amable de la universidad, creo una pintoresca historia universitaria.

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