Sendero Voluntario Hacia el Pueblo

Enciendo la vieja lámpara y empiezo a recorrer el antiguo sendero que guía hacia aquel lugar, un sitio que solo divagan pensamientos y reflexiones, un paraje utópico que aísla del mundo exterior.

Una vez que se empieza a recorrer aquella senda no hay vuelta atrás, solo una mirada hacia delante, en una especie de estado absorto.

Al final del camino hay algo parecido a un abismo, es un poco abrumador, pero a su vez estimulante, así que sin dudar, salto al vacío y sin darme cuenta, ya estoy allí, “el pueblo”.

En el pueblo solo existe un silencio acompañado del sonido del viento, al caminar por sus calles observo un parque, creo conocerlo, pero no estoy seguro e inconscientemente sigo caminando hacia allí, al sentarme en una banca, lo recuerdo todo, nuevamente estoy en el sitio donde suelo aislarme voluntariamente.

El pueblo

No recuerdo el momento exacto en el que empecé a caminar por aquel sendero; supongo que un día se presentó ante mí y, movido por la curiosidad, decidí adentrarme en él hasta llegar al pueblo.

El ambiente en el pueblo es sereno. Al caminar por sus calles, se experimenta una calma que relaja el cuerpo. El tiempo parece desvanecerse y se puede cerrar los ojos para escuchar el crujir de las hojas cuando son acariciadas por el viento.

El ritmo del caminar se desacelera, influenciado por esa misma calma que envuelve el entorno. Esto permite disfrutar más del entorno que nos rodea: el cielo con sus nubes, los árboles con sus hojas, y el viento que acaricia suavemente nuestro rostro. A su vez, empiezo a sentir el ritmo de mi propia respiración, cómo el aire llega a los pulmones y vuelve a ser exhalado.

En ese momento, una realización te embarga: ¡Estás vivo!

La emoción se apodera de ti al ser consciente de tu propia existencia, y te conmueves internamente.

Decides adentrarte en un parque y te sientas en una banca, cierras los ojos y te sumerges en un estado de serenidad absoluta.

Te sientes tan cómodo que no deseas abandonar el pueblo; se ha convertido en tu lugar, en tu espacio, en tu mundo.

Aquel lugar en el pueblo

Despierta

En ocasiones siento que soy como un adicto que se rehabilita y luego cae repetidamente en una especie de adicción interminable.

¿A qué tipo de adicción me refiero? Caer deliberadamente en el absoluto vacío de un aislamiento total en el que olvido todo y simplemente me permito existir, nada más que eso.

¿Por qué tiendo a caer en eso? No lo sé…

Así que a menudo me convierto en ese tipo de amigo, hijo, hermano y pareja que se vuelve ausente, como si desapareciera de la faz de la tierra. ¿Es algo que agradezco? Desearía decir que no.

Cuando me sumerjo en ese mundo ausente, quedo totalmente absorto. Mis pensamientos suelen estar en un pueblo lejano, donde el tiempo deja de correr y solo existe el silencio y las divagaciones de una vida tranquila.

Cuando finalmente reacciono y despierto de ese mundo utópico, me doy cuenta de que lo he vuelto a hacer, he vuelto a desaparecer.

Siempre recuerdo las palabras que alguna vez mencionó una jefa en un antiguo trabajo. Parecía ser una persona que analizaba el comportamiento de los demás y en una conversación casual dijo: ’El motivo por el cual me separé de mi esposo fue que no era una persona familiar’

Cuando escuché eso, simplemente guardé silencio. Tal vez identifiqué un comportamiento similar en mí para que esas palabras resonaran.

—Tal vez estoy transmitiendo ausencia —pensé en aquel entonces.

Debe ser difícil intentar estar con alguien que se vuelve ausente. En algún momento, creo que te rindes y das un paso al costado, siguiendo adelante. Sí, eso es lo que probablemente le sucedió a ella.

De igual manera, es inevitable reflexionar sobre el hecho de que hay personas que aparentemente padecen lo mismo, pero en diferentes circunstancias, por supuesto.

Personas que desaparecen sin decir nada, simplemente se desvanecen y terminan en sus pueblos lejanos.

La paradoja del abismo

Es evidente que al escuchar la palabra “abismo”, la asociamos con algo negativo: un vacío interminable, un lugar de una profundidad inmensa, un sitio del que es casi imposible escapar.

Un paraje tenebroso y frío en el que solo encontramos silencio, donde no hay claros caminos ni destinos precisos.

Un vacío que puede resultar abrumador o reconfortante…

Estar en ese abismo me provoca una especie de felicidad difícil de comprender. Mi mente se desconecta de la realidad y empieza a explorar ese tranquilo y pacífico pueblo donde el tiempo se detiene.

Mientras divago por esa dimensión, experimento una sensación de plenitud, como si parte de mí deseará quedarse allí para siempre.

En ocasiones, paso horas, días e incluso meses en ese estado. A veces, lo único que me hace salir de allí es la necesidad de asegurar a las personas que se preocupan por mí que estoy bien, para que puedan estar tranquilas.

La paradoja del abismo: un paraje que puede aislarte y dejarte solo, pero que al mismo tiempo puede convertirse en tu idílico lugar donde encuentras felicidad.

No sé exactamente en qué momento de mi vida comencé a recorrer el sendero que me lleva a ese abismo, pero una vez allí, empecé a caer constantemente.

Al parecer, por eso me atrae la idea de estar en sitios tranquilos, donde solo se escuche el sonido de lo necesario y donde pueda desconectarme del exterior.

Es en esos sitios donde puedo dedicarme a actividades sencillas que generan paz, como leer, aprender y contemplar los días.

¿Está bien caer en ese abismo? Por supuesto que no, porque si no tienes suficiente fuerza de voluntad, puede convertirse en un paraje que te consume lentamente. Tus pensamientos te arrastran hacia un mar de tristeza absoluta, donde sientes que no encajas en ningún punto, nada te llena ni te motiva, y lastimas a quienes te quieren.

La absoluta soledad del aislamiento puede llevarte por caminos que no eres o no quieres ser, pero, por otro lado, también puede ayudarte a darte cuenta de qué quieres hacer con tu vida.

En mi caso, ha sido mi nirvana, donde he podido aclarar muchas ideas y cosas que he deseado hacer en cada etapa de mi vida.

Soy aquel ermitaño que sale al exterior por un tiempo y luego decide encender nuevamente aquella vieja lámpara para volver a recorrer el sendero que lleva al silencioso pueblo llamado aislamiento voluntario.

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